El diván del poeta

domingo, junio 18, 2006

Frente al río


¿Qué hago yo aquí? ¿Cuántas veces he mirado este río de distinto color y de distinta emoción?... Y este sol que lo cristaliza, y estas nubes que hoy me lo devuelven acuoso y gris, mientras un viento leve le arranca un ritmo sinuoso.
Siempre ha sido así: corriendo detrás de un balón, hace muchos años, hasta que mi adolescencia topó con ella a golpe de merienda espacida por el suelo verde. O enfrentados, como las riberas del río, cuando regresamos aquí para arreglar unas vidas, para intentar leer lo que ya estaba escrito y borrado.
Luego vinieron otros latidos... y mis hijos también vinieron a jugar durante muchos años y muchas meriendas.
Y de nuevo el recuerdo de todo; y de nuevo el paso fílmico del río a través de las imágenes de su corriente que sólo necesita de mis ojos para la proyección.
Pero nada hagoaquí, sino intentar soportar este fluir regresivo que me lleva a la profundidad del recuerdo, cuando parece que todos se han olvidado de todo y de mí. También ella...
...Otra nube que vuelve, y ya son demasiadas como para comprender que no habrá más Lunes de aguas junto a esta orilla.

miércoles, junio 14, 2006

Paul Auster, premio Príncipe de asturias de las Letras



El pasado 31 de mayo le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, de 2006, al escritor estadounidense, Paul Auster, imponiéndose a su compatriota, Philip Roth, en la última votación.
Leyó el acta del jurado el presidente de la real Academia Española,Víctor García de la Concha, quien concluyó el acto, diciendo: "Con su exploración de nuevos ámbitos de la realidad, Auster ha conseguido atraer a jóvenes lectores, al dar un testimonio estéticamente muy valioso de los problemas individuales y colectivos de nuestro tiempo".
P. Auster innovó el relato cinematográfico con su guión de Smoke,además de llevar algunas de sus aportaciones a la literatura.
Auster se encuentra actualmente en Portugal, donde se está llevando a cabo el rodaje de la película basada en su libro El libro de las ilusiones. Por cierto, me pregunto si quien estaba leyendo este libro lo habrá terminado ya.
Dicen de él que es el escritor del azar y de la búsqueda de identidades. También, que algunos de sus libros lo atrapan a uno en seguida.
Yo, lo que sí puedo afirmar, es que aunque había escuchado hablar de este escritor, apenas conocía una par de libros suyos, hasta que alguien me regaló El palacio de la luna. Casualmente, ese alguien se terminó antes de que yo terminara de leer el libro.
Por azar te he descubierto, Paul Auster.
Un beso grande. M.

domingo, junio 04, 2006

Sentimiento

Sí, en mis escritos aparece a menudo el tema de los sentimientos; bien sea de una manera explícita, bien a través de pinceladas que personajes o situaciones trazan. Pero resulta que, además de otras cosas, o por encima de ellas, somos sentimiento. Este hecho de sentir nos da la vida, hace que pensemos que somos especiales. Sentirmos amor, odio, asco, rabia, rencor, dolor, frío o calor; sentimos miedo , angustia, incertidumbre, tristeza; también pena o alegría. Incluso sentimos ese "je-ne-sais-quoi" que tantas veces nos hace perder la cabeza, que en tantas ocasiones no acertamos a definir, pero que suele llegarnos acompañado de una idílica felicidad que nos endulza la vida y nos llena de gracia.
Sentimos que somos seres vivos que están vivos y que, además, piensan.
Y es que, desaparecidos los principios, valores o respeto social que nos facilita la convivencia -visto todo el bloque, casi, como un obsoleto estandarte reducido a la educación-, si, además, perdemos los sentimientos (no tanto los básicos que ayudan en la supervivencia), corremos el riesgo de convertirnos en una especie de ídolos de barro, de esos que parecen querer salirse, de vez en cuando, de su encuadre de papel para enfrentarse a sus enemigos, o para amarlos. Lo mismo da. Pero se trata de papel, solo eso; papel que con el contratiempo del primer chaparrón que le cae encima se arruga, se desdibuja su forma, se borra, se desistegra, y final y lamentablemente, termina por desparecer.



viernes, junio 02, 2006

Mayo de 2003 en Lisboa



¡Ay, querida, qué viejita te he encontrado!...

Apenas han pasado dos años desde la última visita, y te juro que lo he notado: te vi más añosa, como si tus arterias se fueran esclerosando, inevitable huella del paso del tiempo que no perdona ni persona ni cosa. Son los estragos de la edad... ¿verdad, preciosa?
Te encontré llena de tubos, como si el aire no te llegara a los pulmones y necesitaras de respiración asistida; te encontré llena de parches que alargaban tu existencia, tu vivir. Pero ni estás en las últimas no lo estarás nunca. Al contrario, sigues abrazando a cuantos llegamos y nos instalamos, unos minutos, unos días, o toda una vida bajo el manto protector de tu pecho. Entre tus poros nos perdemos, bajo tu piel anidamos, para extraer de ti cuanto de bueno posees y quieras darnos. Eres entrañable y maternal; amiga cómplice de secretos velados; experta, luchadora y letrada. Me gustas, Lisboa; te quiero, Lisboa...
Entre tus calles se cuela, como una ensoñación, las almas de aquellos escritores que te deiron vida poética a cambio de un clavel, un beso o un tormento. Camôes, Garret, Eza de queirós, Pessoa... Sobre todo Pessoa. Todos me han descubierto tus lujos, tu hambre, tu divino milenario, tus excentricidades, tu color; tus caprichos, costumbres y dudas, también; y tus sinsabores o tus depresiones. Te entiendo, Pessoa; Te conozco, Lisboa...
Antes que nada, y antes de todo conocimiento sobre ti, ya me habías seducido con el aliento de tu salitre, con la brisa de tu roce. Es fácil enamorarse de ti; lo difícil, creo, sería no hacerlo. Quien te conoce te ama, y quien te ama, te añora. Tan sencilla como genuina, tan hospitalaria e incondicional. Respetas a todos cuantos llegan sin preguntar por su procedencia, su estatus, su doctrina o credo, sin pregutnar si estamos de paso, o nos quedaremos para siempre. ¡Qué cerca está, Lisboa, y qué lejos te vemos!.
Simplemente, estás ahí: con los brazos abiertos, como la puerta de tu calle que da al mar. El mar, la libertad de los románticos...